Sábado Santo: "Ahí tienes a tu madre"
Ahí tienes a tu madre.
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Todavía no han pasado ni 24 horas y aún resuena en mi mente el sonido de los clavos. ¿Cómo puede superar una madre la muerte de su propio hijo?
Todavía recuerdo el sonido de sus llantos cuando era pequeño, cuando lo achuchaba contra mi pecho, meciéndolo para que se durmiese. Y en cuanto notaba el calor de mis manos, parecía descansar, como si realmente supiera que podía confiar en estas manos, en las manos de su madre. ¡Y cómo reía cuando miraba al cielo, como si supiera a Quién tenía que mirar! Qué complicidad se traían Padre e Hijo.
No puedo describir el sentimiento cuando lo he tenido entre mis brazos ahora muerto, frío, sin vida. El mismo que se ha desvivido durante todos estos años en dar vida, en curar, en sanar, en perdonar… Ese hombre que ya no es un niño, que, a pesar de estar pendiente de los asuntos de su Padre Dios, o Papaíto, como le gustaba decir, siempre estaba pendiente de lo que le pedía. Como en las bodas de Caná, cuando le dije que no tenían más vino; sabía que no podía hacer oídos sordos a la voz de su madre.
Todavía con lágrimas en los ojos, con este cielo gris, no me creo lo que ha ocurrido. En esta fría mañana, sé que me estás escuchando y sólo quiero decirte lo mucho que te quiero. Desde antes de nacer, te he entregado todo mi cariño. Desde que el ángel me dijo aquellas palabras: “Alégrate, María, el Señor está contigo”, sabía que lo bueno que estaba por venir. Desde aquellas palabras que respondí: “He aquí tu sierva”, sabía que te iba a entregar todo mi cariño, Aunque también sabía que el sufrimiento y la dificultad era parte del camino.
Y por eso entendí tus palabras. Incluso clavado en la cruz, sufriendo, sangrando… diriges tu mirada de esperanza a tu discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Me dejaste sin palabra. ¡Cómo podía ser que incluso a punto de morir, fueran de tus últimas palabras! Has puesto sobre mí un gran peso, pero que pienso asumir con alegría, porque has puesto tu confianza en mí, en tu madre. Sé que no te referías sólo a él, sé que te referías a cuidar de tus hermanos, tus amigos, tus discípulos, la comunidad, la fraternidad… Ser madre de ellos como he sido tu madre. Acompañarlos, animarlos, iluminarlos con la luz de la esperanza… Porque lo sé. No todo está dicho. La muerte no tiene la última palabra. No sé cómo será, pero sé que la Vida triunfará. Y aunque ahora haga frío, esperaré a tu lado para sentir de nuevo el calor de tu vida, tu mensaje, tu Palabra… y es lo que quiero transmitir a tus hermanos… Hijo, aquí tienes a tu madre.




